El origen de muchos productos que se utilizaban en la antigua Roma era Hispania y, como no podía ser de otro modo, desde la provincia de Cuenca también se enviaban productos para abastecer las necesidades de los romanos.

Las ventanas de madera o de cerámica que utilizaban, los tragaluces e incluso los invernaderos necesitaban de un material que se enviaba desde las minas de Lapis Specularis de la provincia de Cuenca.

Éste material es una piedra de yeso selenítica especular translúcido que se corta fácilmente con un serrucho y permite crear láminas muy finas a modo de cristal. El Lapis Specularis es conocido por múltiples nombres como espejuelo, espejillo, piedra del lobo, espejillo de asno, piedra de la luna, piedra de luz, sapienza o reluz.

Los carpinteros romanos deseaban que sus trabajos fueran resistentes y perduraran lo máximo posible. Como no podía ser de otro modo, utilizaban maderas que tuvieran una alta resistencia y durabilidad. Los tipos de madera que utilizaban habitualmente eran la encina, el roble, el castaño y el fresno. Sabían perfectamente, y hoy lo hemos comprobado, que la madera de roble puede durar en el exterior 120 años y en el interior más de 500.

Su forma de trabajar era similar a la que se utiliza hoy en día, aunque el avance de la tecnología nos permite acortar los procesos de fabricación. La madera llegaba desde los bosques al aserradero donde los carpinteros transformaban los troncos en tablas para su posterior utilización. Una vez hecho esto procedían a la fabricación de puertas, ventanas y todo tipo de muebles de madera con una calidad y durabilidad extraordinaria.